Un guaguancó del adiós para Roberto Roena

Perfil del ‘Señor Bongó’, uno de los grandes de la salsa.

Fuente: El País

Por: Jaime Andrés Monsalve B.

Potente cuan marejada. Las primeras tres palabras del clásico Marejada feliz, de don Catalino Curet Alonso, definen perfectamente la aparición en la escena musical del Apollo Sound, la poderosa banda del bongosero, bailarín y a veces cantante sin mucha fortuna Roberto Roena.

Y es que en medio de la rispidez de los trombones del naciente sonido urbano del Spanish Harlem, de las voces jíbaras y pelioneras y de la desafinación como característica en tanto demostración de calle, la música de Roena siempre fue de terciopelo. Sin salirse de los márgenes de la salsa dura, ni siquiera en sus momentos más comercialmente románticos (“¿En serio ése es Roberto Roena”?, me espetó hace poco un colega mientras sonaba Cómo te hago entender), el frontman del Apollo Sound supo rodearse de los mejores músicos y arreglistas en aras de un sonido limpio e inédito, que enfatizó en los vientos con sordina, en un sonido voluminoso de big band, en los coqueteos con la música del Brasil y en un repertorio que cabalgó entre los temas sociales, el canto al amor romántico, el desamor y, en no pocas ocasiones, un inusitado sentido del humor.

Roberto Roena, derecha, en una de sus presentaciones en Colombia.
Foto: Andrea Moreno. EL TIEMPO

Cuenta la historia que el día en que se encontraba ensayando por primera vez con su nuevo proyecto, del otro lado del estudio un televisor testificaba un pequeño paso para el hombre y gran salto para la humanidad. El día que Neil Armstrong tocaba el suelo arenoso de la Luna nacía una orquesta con nombre de nave espacial. Estaba predestinada a ello. Y no pocas veces capitán y tripulantes jugaron con elementos que apelaban a los sonidos, digamos, extraterrestres o espaciales, como en los efectos sintetizados de Marejada feliz o en la introducción de Que me castigue Dios, primer tema del disco Lucky Seven o Séptimo sortario. Porque, entre otras, cada disco de Roena, con algunas excepciones, aparecía bautizado numéricamente, de acuerdo al orden en que fueron lanzados

«. Roena, que nunca dejó de ser un showman, fue responsable de ello al saber aglutinar a su alrededor a jóvenes talentos de la ejecución y los arreglos. «

Roberto Roena Vázquez había nacido en enero de 1940 en Mayagüez, Puerto Rico, y desde su infancia se destacó como un impresionante bailarín. Aquella condición física, sumada a sus inquietudes de intérprete, llamó la atención del célebre director de orquesta Rafael Cortijo. A sus 16 años ya estaba vinculado a la más importante de las orquestas de bomba y plena, Cortijo y su Combo, trasegando al lado del recordado Sonero Mayor, Ismael Rivera, y de músicos como el pianista Rafael Ithier. Cortijo mismo le enseñó los rudimentos del bongó, y con el paso del tiempo Roena fue haciendo algunos muy personales añadidos a esa interpretación, como por ejemplo la inclusión de baquetas.

 

En 1962, Ithier y un puñado de músicos más decidieron dar el paso al costado para crear una agrupación nueva. Si bien Roena permaneció fiel tras la desbandada, meses después se unió a los disidentes, que estaban dando pasos de animal grande con los cantantes Pellín Rodríguez y Andy Montañez a la cabeza. Pasaba así Roena a hacer parte de la Universidad de la Salsa, el Gran Combo de Puerto Rico. Allí permaneció hasta 1967, cuando decidió fundar su primera orquesta, Roberto Roena y Los Megatones, con la voz del panameño Camilo Azuquita, llegando a pegar fuertemente con una versión en clave latina del clásico del jazz Take Five, de Paul Desmond. Pero ya existían en Venezuela los célebres Lucho y sus Megatones, ante lo cual había que pensar en una nueva posibilidad más allá de lo simplemente nominal.

Desde 1969 hasta el sol de hoy, el Apollo Sound ocupó un lugar privilegiado en el corazón del melómano salsero. Acaso Eddie Palmieri, el Conjunto Libre o Seis del Solar le compitieron en musicalidad y en su tono abiertamente progresivo. Roena, que nunca dejó de ser un showman, fue responsable de ello al saber aglutinar a su alrededor a jóvenes talentos de la ejecución y los arreglos. No podríamos decir que él haya sido el gestor de su propio sonido, lo cual suena irónico, pero sí que siempre supo exactamente lo que quería.

 

No se puede determinar a un solo responsable del estilo de Roberto Roena, pero buena parte del mismo obedece a la labor de sus eternos cantantes Tito Cruz, Papo Sánchez, Mario Cora y Sammy González, entre otros; y a los arreglos de grandes del sonido afrolatino como Luis “Perico” Ortiz, Julio “Gunda” Merced, Jorge Millet, Bobby Valentín y el propio Papo Lucca, líder de la Sonora Ponceña, a quien se debe el tono épico del clásico Lamento de Concepción. Ese tema, al igual que muchísimos otros como Mi desengaño, Guaguancó del adiós, Traición, Cui Cui (vallenato de Calixto Ochoa llamado originalmente Manantial del alma), Que se sepa, Soñando con Puerto Rico, Tú loco loco y yo tranquilo, Con los pobres estoy, Parece mentira, La distancia, Mandingoré, Te lo voy a jurar y El aplauso, entre muchísimos otros, conforman un corpus sin el que la salsa no sería salsa.

 

En 1980, Roena lanzó un álbum exultante y agradecido con la vida, titulado Qué suerte he tenido de nacer. En realidad los afortunados somos nosotros, que pasamos por este mundo para contar que alguna vez cantamos, lloramos y bailamos al son de la música de Roberto Roena.

Por Jaime Andrés Monsalve B.

Especial para EL TIEMPO

  • Edición: Angelina Medina Quiroga
  • Sección Original de Herencia Rumbera Radio
  • Lima – Perú
  • Septiembre 2021

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