25 años de Buena Vista Social Club, el disco que rescató del olvido a las leyendas cubanas

FUENTE: EL MUNDO

ISMAEL MARINERO

MADRID

Eliades Ochoa evoca la grabación que se convirtió en un fenómeno mundial. «Algunos músicos llevaban 25 o 30 años sin tocar, se habían arruinado o se dedicaban a otras cosas»

Los músicos de Buena Vista Social Club, en 1996.

«Si me quito el sombrero parece que me he quitado la ropa. Me siento extraño sin él», dice Eliades Ochoa por Zoom desde La Habana, con su sombrero de guajiro calado hasta las cejas. Es algo tan ligado al personaje como ese híbrido entre guitarra y tres cubano al que lleva pegado desde niño, cuando iba tocando y pasando la gorra por las calles de Santiago de Cuba. Su trayectoria musical, desde el año 63 en que dio sus primeros pasos como profesional, tiene un hito compartido con algunos de los más grandes músicos cubanos del siglo XX: Buena Vista Social Club, aquel disco que en 1996 llevó a otra dimensión el son cubano, vendiendo ocho millones de copias y ganando un Grammy.

«Recuerdo tantas cosas bonitas que pasaron allí…», rememora Ochoa. «Nos reunimos unos cuantos artistas, algunos de ellos llevaban 25 o 30 años sin tocar o dar conciertos, se habían arruinado o se dedicaban a otras cosas. Yo no sé chico, es de esas cosas que pasan y después nunca se olvidan».

Ahora, cuando se cumple un cuarto de siglo de aquella grabación y el disco se reedita en formato vinilo con abundante material adicional, el cantante y guitarrista recuerda que la pretensión inicial de Nick Gold, capo del sello World Circuit, y el músico y productor estadounidense Ry Cooder, era juntar a artistas cubanos con otros del oeste de África. «Es a lo que yo me había comprometido en Londres con Nick, pero los africanos no pudieron llegar a La Habana por problemas de visado y entonces, con la ayuda de Juan de Marcos, se pusieron a buscar a otros músicos cubanos. Así se fueron sumando Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Cachao López, el Guajiro Mirabal, Omara Portuondo…».

Aquellas leyendas olvidadas de la tradición musical cubana, maestros de la guaracha, el bolero y el son, pasaron siete días en los célebres estudios Areito entregados a la más pura espontaneidad. «A mí me habían dicho que tenía que cantar El carretero y El cuarto de Tula, pero estando ahí, con Ibrahim Ferrer al lado, le dije: ‘me acuerdo de joven oírte cantar Ay Candela, Candela, me quemo aé…. ‘¿Y tú te acuerdas de eso, m’hijo?’, me preguntó sorprendido. También me acordé de De camino a la vereda y empezamos a tocar esos dos temas, cuando entró Nick y nos dijo: ‘ensayadlos bien, que son muy bonitos y van a entrar en el disco’. Así iban sucediendo las cosas».

Para el músico cubano lo que hace tan especial aquel álbum es que «lo hicimos con la misma alegría que teníamos de estar juntos de nuevo. La alegría de ese reencuentro penetraba en las canciones».

Eliades Ochoa, con sombrero, e Ibrahim Ferrer, cantando, durante la grabación.

De aquella experiencia, dice Ochoa, «me llevé como lección la seriedad con la que trabajaban. Si había que estar a las cuatro de la tarde en el estudio, a las tres estaban allí: Compay liando sus tabacos, Pío Leiva con su puro… Ver a aquellas personas tan viejecitas grabando durante horas y dando conciertos en Ámsterdam o Nueva York… ¡Nunca decían que no!». Tampoco dijeron que no a participar en el documental del mismo nombre dirigido por Wim Wenders que, tras estrenarse en 1999, reavivó la popularidad de los integrantes del Buena Vista. «Algún año después fui a hacer un concierto con mi Cuarteto Patria a Francia y me encontré con un cartel enorme con mi foto colgado de la Torre Eiffel. Y yo, un hombre humilde de origen campesino, me sentí por algún tiempo como un embajador de la música cubana por el mundo», dice visiblemente emocionado.

Eliades Ochoa lleva año y medio, desde el inicio de la pandemia, sin poder tocar en directo, pero no quiere ni oír hablar de una posible jubilación. «Me siento fuerte todavía, deseando hacer música en cualquier parte del mundo, en cualquier escenario y a cualquier hora». En ese tiempo sí ha participado en grabaciones como la de C. Tangana y su álbum El madrileño, en los mismos estudios Areito: «yo sabía que Muriendo de envidia iba a ser muy aceptada, por esa onda que él tiene, que parece que no le interesa el mundo. Es un muchacho tan inteligente… Me gustó ver su seriedad en el trabajo, su deseo de hacer y probar cosas nuevas». Poco después se despide, sin quitarse el sombrero, por supuesto.

  • Edición: Angelina Medina Quiroga
  • Sección Original de Herencia Rumbera Radio
  • Lima – Perú
  • Septiembre 2021

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *